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Llevas años en una cárcel sin barrotes
Una cárcel con duchas de agua caliente es también la más difícil de la que escapar.
Invierno de 1947.
Isla de Alcatraz.
San Francisco, California.
Ha sido un día largo. Ya conoces de memoria cada rincón de tu celda: las grietas de la pared, el grifo que gotea, los pocos pasos que hay de la puerta a la cama.
Suena la campana. Llega el mejor momento de la semana: la ducha.
Fuera sopla el viento de la bahía y el frío se cuela entre los barrotes. Pero durante unos minutos el agua sale caliente. Es lo más parecido a estar bien que vas a tener en toda la semana.
Mario, ¿qué tiene que ver todo esto con el móvil?
Mucho. Se cuenta que en Alcatraz las duchas eran calientes a propósito. No por bondad, sino para que los presos nunca se acostumbraran al agua fría. La isla está a unos dos kilómetros de la costa y el agua de la bahía está helada todo el año. Quien intentara cruzar a nado, con el cuerpo hecho al agua caliente, se quedaría sin fuerzas a mitad de camino.
Lo que parecía un privilegio era parte del candado.
Ahora piensa en tu ducha caliente.
Es el sofá a las once de la noche, con el móvil en la mano. Es el vídeo que empieza solo cuando acaba el anterior. Es la serie que no te pide decidir nada o el feed que no se termina nunca. Nada de eso te hace daño a primera vista. Al contrario: se está bien. Y precisamente por eso no sales.
Hay una diferencia con Alcatraz que lo hace todavía más difícil. Allí los presos sabían que estaban presos: veían los muros y contaban los días. Aquí nadie te ha encerrado. Puedes levantarte cuando quieras. La jaula no necesita barrotes si dentro se está tan a gusto que nadie quiere probar el agua fría.
Y el agua fría es todo lo demás. Aburrirte diez minutos sin mirar nada. Leer un libro que al principio cuesta. Quedarte con una idea a medias hasta que termina de formarse. Cosas que al principio incomodan, como el primer contacto con el agua, y que luego son justo las que recuerdas.
Por eso no creo que esto se arregle a base de fuerza de voluntad. Pedirte que salgas de la ducha caliente cada noche, por las buenas, es pedirte que ganes una pelea pensada para que la pierdas. Lo que sí funciona es cambiar el sitio: que en ciertos momentos y lugares la ducha caliente, sencillamente, no esté.
No se trata de pasar frío. Se trata de volver a poder elegir.
Si quieres saber cuánto de caliente está tu ducha, preparé un test para ver hasta qué punto te tiene enganchado el móvil.
Para eso estamos haciendo focco: lo dejas en la mesa y, mientras estás cerca, las apps que elijas no se abren. Sin fuerza de voluntad. Así funciona focco ↓